Microrelato1: Llaman a la puerta

7 Nov

¡Ring, Ring! le despertaba el estruendoso sonido del despertador viejo y roído que le había regalado su padre hace algunos años, cuando la vida era una pelota perdida en el matorral de la infancia y sabía tan dulce como el mejor de los caramelos.

Andrés tenía 41 años recién cumplidos, vivía solo desde que muriera su padre,no tenía mujer ni hijos, y nunca se le había cruzado por la cabeza aquello de formar una familia  Ni aún cuando las nieves de la soledad cubría sus paredes. Sólo en esos instantes se acompañaba de su querido albornoz y de un buen coñac para combatir el frío. Esos momentos los aprovechaba para reflexionar sobre su día a día, y en pensar como disfrutar mejor su vida; “en el fondo sólo hay una”, “disfrutemos la plenamente”, decía acto seguido..

Aquella mañana se despertó  o seguramente lo despertó el despertador, porqué, eso si, era extremadamente perezoso. Como si fuera un acto reflejo, lo primero que hacía era prepararse su café matutino, amargo y ardiendo, cómo a él le gustaba  Mientras bebía sorbo a sorbo y disfrutaba del café, pensaba en como afrontar el nuevo día, Andrés era rematadamente vitalista, abierto y afable,  había decidido vivir su propia vida, era muy independiente, y disfrutaba cada segundo de ella cómo el que más.  Permanentemente se preocupaba de su  bienestar; aunque carecía de enfermedades crónicas, llevaba una vida muy saludable, solía comer sano, le encantaba la cocina mediterránea¿qué se puede esperar de un hombre que vivía en un pequeño pueblo costero?, disfrutaba leyendo y aprendiendo cosas nuevas y el poco tiempo que tenía cuando salia del trabajo, lo aprovechaba para hacer deporte o salir con sus amigos, quizás a tomarse una copa, era un auténtico entendido en vinos.

Aquella mañana de sábado Andrés había salido a cenar la noche anterior, se levantó sobre las 10, los sábados solía no trabajar y si tenia algunas tareas que realizar se las llevaba para hacerlas en la tranquilidad y la calma que le proporcionaba su hogar.     Cuando apenas le había dado dos sorbos a su apreciado café, llamaron a la puerta de su casa, él sonido era apresurado y accidentado como si abrir la puerta fuera cuestión de vida o muerte. ¿Que extraño que reciba visitas a esta hora?, se preguntaba mientras se dirigía hacia la puerta, ¿quién es?,preguntó Andrés. Y una voz tan dulce como aquellos caramelos de domingo que solía comprarle su padre, respondió: ¡Soy la vecina del quinto!

 

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