Microrelato2: ¡Encantado!

8 Nov

Abrió la puerta con curiosidad. No conocía mucho a los vecinos del edificio. Tampoco es que estuviera demasiado en casa ya que trabajaba lejos, a unos noventa kilómetros de su pueblo, así que los días de trabajo salía de su hogar bien temprano y solía llegar al caer la tarde, con lo que tampoco tenía demasiado tiempo para relacionarse con estos. A la vecina del quinto sólo la conocía de los comentarios jocosos que había hecho algún que otro vecino: “en el quinto vive una mujer fantasma”, “es tan pálida que parece que haya muerto y este condenada a vivir eternamente en este edificio”; y todo tipo de comentarios y burlas de diversa índole, a las que Andrés no hacia demasiado caso.

Abrió la puerta amablemente, sabiéndose haber llegado el momento de conocer a aquella vecina tan enigmática, de la que tantas tonterías había escuchado hablar pero que aún no había podido llegar a conocer.

¡Hola! Soy la vecina del quinto, es que se me han caído unos pantalones al patio de luces y quería recogerlos –dijo aquella mujer, acto seguido-; ¡Encantado, yo soy Andrés! -respondió él-. Este vivía en un primer piso y su patio de luces daba a todos los tendederos del edificio con lo era muy frecuente que anduviera recogiendo objetos, sobretodo ropa que, a menudo, caían en su patio.

Andrés quedó sorprendido del color de su piel, anacarada, como si nunca le hubiera dado el sol, era pelirroja, su pelo era largo y abrupto como una enredadera, tenía unas facciones que rompían con el canon de mujer que Andrés había podido observar a lo largo de su vida. Sus pómulos eran tremendamente pronunciados, como pomelos chinos en su punto de maduración, de ese color anaranjado casi fuego que adoptan este tipo de frutas  cuando están en su plenitud. Tenía una nariz aguileña y puntiaguda. Y sus cejas eran voluminosas y pobladas, parecían pequeños montes coronando el relieve de su cara. Sus ojos eran grandes como platos y de un color verde aceituna, que contrastaban fuertemente con el rojo de su pelo y el blanco de su piel. Sus labios eran exageradamente pequeños, de hecho era muy difícil apreciarlos a simple vista.  Parecía débil y tímida, como un cristal apunto de romperse, cuando está a dos centímetros del suelo y cree que su suerte ya no tiene solución.     Pero, había algo en ella que llamó la atención de Andrés, aquella voz dulce transmitía serenidad, paz y fortaleza. Algo que chocaba con la debilidad y timidez que aparentaba esta extraña mujer.

Andrés le dio su pantalón, y sin mediar casi ninguna palabra, simplemente con un hasta luego, la vecina del quinto, se marchó.

 

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